Tenemos miedo de perdernos. Perder un tren, a una persona, una tendencia, una era. Convertimos la vida en una gran caza de sombras y rumores, con las puntas de los dedos siempre deslizándose, el corazón suspendido en el aire, temiendo que al bajar la cabeza, el mundo cambie de repente. La cara oculta de este miedo es la superstición de la “posesión”, creyendo que solo al aferrarse y ver todo, estamos realmente vivos. Por eso acumulamos información, pero descuidamos el pensamiento; coleccionamos paisajes, pero olvidamos sentir. El verdadero costo de perderse quizás no radica en la cosa en sí, s
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