Di María demuestra vigencia con magistral golazo en triunfo 2-0 de Central

Con 38 años frescos celebrados este fin de semana, Di María escribió un nuevo capítulo de su regreso al fútbol argentino con una actuación que confirmó su total vigencia en el juego local. Su extraordinario golazo en la victoria de Rosario Central 2-0 sobre Barracas no fue más que la cereza en el postre de un despliegue futbolístico completo donde la calidad del experimentado extremo fue incuestionable. No se trató de una noche aislada de brillantez, sino de una demostración consistente que recordó por qué Di María sigue siendo determinante en cualquier encuentro.

La vigencia de Di María brilla con luz propia

Jorge Almirón dispuso un equipo que controló el ritmo del partido desde inicio a fin. Pero si alguien fue el verdadero arquitecto del espectáculo fue Di María, quien con velocidades incontrolables para las limitaciones defensivas de los visitantes, pases de excepcional visión y un dominio de la pelota que dejó a sus compañeros sin poder plasmar todas las oportunidades que crearon.

Durante los 90 minutos, Di María no cesó en su tarea de desequilibrar. Su capacidad para gambetear, sus cambios de ritmo y esa inteligencia futbolística que acumula tras dos décadas en el profesionalismo fueron los pilares de Rosario Central. El rival simplemente no encontró respuesta a su presencia en el terreno de juego. A los 38 años, lejos de ser una carga táctica, el veterano extremo fue la diferencia más evidente sobre el campo.

Los primeros roces: tensión arbitral desde el inicio

El encuentro no estuvo exento de fricción. Apenas superado el quinto minuto, Facundo Bruera efectuó un empujón alevoso con ambas manos directo al rostro de Gastón Ávila. Gabriel Chade, como segundo asistente de Pablo Echavarría, presenció la acción pero optó por hacer la señal que nunca debió: con el pulgar levantado, validó el pecho.

Consciente de la impunidad, Ávila tomó nota mental. Segundos después, durante una dividida, el defensor conectó su brazo en el rostro de Bruera. Esta vez tampoco hubo revisión. Ambos equipos quedaban en situación de equilibrio, bajo un criterio arbitral cuestionable que marcaría el tono de la jornada.

El despliegue ofensivo: chances antes del cierre

En la segunda mitad, el dominio canalla se amplificó. A los 12 minutos llegó el primer tanto. Un centro de Giménez encontró la zurda de Di María, quien abrió con precisión para una volea que se estrelló en la escuadra. El rebote fue capturado por Agustín Sández, que envió nuevamente hacia el área buscando la cabeza de Enzo Copetti. El delantero venció a Miño, aunque Kevin Jappert aparecía en la cadena de pases. El diálogo entre arbitraje y VAR generó suspenso, pero finalmente el gol se convalidó para abrir la cuenta.

A los 23 minutos, Di María nuevamente fue protagonista, esta vez con un centro rasante que encontró a Alejo Véliz. El atacante se pasó ligeramente y definió desde abajo, pero la pelota se fue de manera increíble junto al palo, desperdiciando una oportunidad clara.

El golazo del aniversario: Di María cierra la noche

El broche final, sin embargo, lo puso Di María. A los 44 minutos, tras ganar un rebote en el borde del área, el extremo se fue mano a mano contra Miño. Lo que sucedió después fue puro arte futbolístico: una definición con elegancia por encima del arquero visitante, exacta y despiadada, que sentenció el partido 2-0 y coronó los 38 años que el veterano jugador celebraba precisamente ese sábado.

Di María no necesita polémicas para brillar

No hacen falta discusiones arbitrales ni decisiones cuestionables para justificar la presencia de Di María en el fútbol argentino. Su vigencia habla por sí sola a través de acciones concretas, movimientos precisos y goles de factura técnica irreprochable. En una noche donde hubo espacios grises en las decisiones del árbitro, fue la excelencia futbolística del experimentado extremo la que realmente iluminó Arroyito, demostrando que a los 38 años sigue siendo uno de los mejores talentos disponibles en la región.

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